Summer in July

Ana Paula Cordero

EL DIARIO DE ANNIE VALA

Les escribo este blog con una canción puesta: “Summer in July”, de Yukon Blonde. Y no la elegí por casualidad: esto es, literal, un verano en julio.

Es mi primer verano como comprometida. Y mi primer verano en Finlandia.

Mi prometido es de Suecia, pero su casa de verano está en Finlandia, en una isla. Ahí, cada año, se junta toda su familia por parte de su papá. Y cuando digo toda, es todaaaa. Y me encanta.

Porque una de las cosas que más he querido en la vida es sentirme parte de una familia. De una de verdad. Y decir que esta es unida se queda corto. Aquí funciona así: entras al baño y, cuando menos te lo esperas, ya hay tres personas afuera esperándote. No para apurarte, sino para invitarte a una caminata, a un café, a un té. Siempre hay un plan, siempre hay alguien

Eso sí, tengo que confesarles algo: toman el café extremadamente amargo. Y yo, ustedes ya me conocen, soy señora azúcar. Pero bueno, no hay nada que un poco de leche y azúcar no puedan arreglar. Pequeñas negociaciones diplomáticas entre una mexicana y un archipiélago escandinavo.

Me siento bien. Estoy feliz.

Y aquí viene lo curioso. Traje conmigo quince pares de Vala Blanca. Quince. Como si fuera a desfilar por la isla. Y a los pocos días me di cuenta de algo que me hizo reír sola: lo único que mis pies van a tocar este verano es la tierra.

Estoy en el archipiélago finlandés. Aquí todos andan descalzos. Corriendo, riéndose, tomando el sol, saltando al agua helada y saliendo como si nada. No hay espacio para los tacones. No hay espacio para los zapatos. Y está bien.

Yo, que vivo de los zapatos, tuve que aprender algo este verano: hay momentos que se viven mejor sin ellos.

Porque los zapatos son compañeros fieles, sí. Nos sostienen, nos acompañan, cargan nuestras historias. Pero un buen compañero también sabe cuándo hacerse a un lado y dejarte sentir la tierra directo bajo los pies. Dejarte correr, mojarte, ensuciarte los talones y que no pase nada. La vida, a veces, es exactamente eso: descalza, sin agenda, disfrutando del agua y del suelo.

Y quizá esa sea la lección más bonita de este verano. Que estar presente no siempre se trata de tener el atuendo perfecto o el par ideal. A veces se trata de soltar todo —hasta lo que más amas— para poder abrazar lo que tienes enfrente. Una familia enorme, un lago frío, un café amargo que aprendes a querer.

Así que hoy brindo. Con una taza en la mano, los pies llenos de tierra y el corazón lleno de gente.

Brindo por poder bailar descalza. Por estar comprometida. Y por un verano tan distinto, tan inesperado y tan mío, aquí en Finlandia.

¿Y ustedes? ¿Cuándo fue la última vez que se quitaron los zapatos —de verdad— y se dejaron sentir la tierra? Cuéntenme. Que a veces la felicidad se mide en pasos descalzos.

Las quiero,

Annie Vala.

     

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