Cuando sabes, sabes
Ana Paula CorderoEL DIARIO DE ANNIE VALA
Holaaa, soy Annie otra vez. Y hoy vengo con la notición más grande que les he contado por aquí. Mi caso.
Con el amor de mi vida, un sueño llamado Ian. Todavía me tiembla un poco la mano al escribirlo.
Es curiosa la vida. Tal vez un día les cuente cosas de mucho más atrás, para que entiendan toda mi historia con el amor y por qué esto significa tanto. Pero lo que sí les puedo decir hoy es esto: Ian llegó en el momento en que menos lo esperado y más lo necesario.
Unos meses antes de conocerlo, mis hermanos me decían mucho que yo era demasiado rebelde, libre, fugaz. Que con esas ganas mías de comerme el mundo, de ir, hacer y deshacer, iba a ser difícil que un tapatío me siguiera el paso. Que no me sabía estar quieta. Al principio los ignoraré. Pero cuando algo te lo repiten suficientes veces, claro que entra el miedo. Y entró.
Lo que yo no sabía es que, mientras el miedo me hablaba, él ya estaba ahí, esperándome.
Eso que dicen por ahí, “cuando sabes, sabes”, resultó ser cierto. Y la manera en que pasó todo… todavía no me la creo.
Empezó con un mensaje. Mi amigo Cardiel —que, por cierto, es el fotógrafo de Vala Blanca— me escribió con unas fotos de una conversación: los encargados de redes, fotos, video y marketing de la Hacienda Sepúlveda, en Lagos de Moreno, andaban buscando una pareja para salir en unas imágenes. Obvio le creí. ¿Cómo no? Ian y Cardiel apenas se conocen. Jamás se me habría ocurrido que todo era un plan entre los dos.
Le pregunté a Ian si le gustaría salir en esas fotos. Me dijo “no lo sé”. Y yo, por dentro, rogaba que dijera que sí, porque de verdad quería hacerle el favor a Cardiel. Al final aceptó.
Pero el mero día, algo raro pasó. Ian se hizo el enfermo. Se tardaba y se tardaba, y se nos hacía tarde. Yo no entendía qué le pasaba; Parecía a propósito, y ya estaba enojada. Lo que no sabía es que, mientras él ganaba tiempo, Cardiel estaba en la carretera reparando una llanta ponchada. Todo se sostenía con hilos, y yo sin enterrme.
Al final salimos. Dos horas y medio de camino hasta la hacienda.
En algún momento me ganaron los nervios. “Claro que va a ser aquí”, pensé. Y le solté a Ian: oyeee, no traigo las uñas bien hechas, no me vas a pedir matrimonio aquí, ¿verdad? Aunque, por otro lado, mi corazón decía otra cosa: venimos combinados, hay un fotógrafo profesional, estoy peinada… ¿por qué no? Pero las uñas. Las uñas importantes.
Me contestó que no, que no iba a ser ese momento, pero que pronto. Yo me le quedé viendo con cara de “¿seguro?”. Y le dije: a vira. Y me puse a buscar en las bolsas de su pantalón. No sentí nada. “Está bien, aquí no”, pensé, y me puse un poquito triste. Pero respiré y entendí que sería cuando tuviera que ser.
Cardiel nos tuvo por toda la hacienda, foto tras foto, hasta que empezó a acercarse la lluvia. Antes de que cayera, nos pidieron unas últimas junto al lago.
Ahí, cerca del agua, Ian empezó a decirme que me amaba. Muchas veces. Y Cardiel, del otro lado, gritaba que volteáramos a la cámara. Entonces yo, entre foto y foto, le respondía: “yo también, mi amor… pero voltea al frente”. Así, como cinco veces. Hasta que por fin logré terminar la frase:
“Te amo tanto, tanto… que me quiero casar contigo”.
Y el sueño se hizo realidad. Estaba comprometido.
Y lo más lindo de todo —porque ustedes ya me conocen— es que, por supuesto, llevaba puestos mis zapatos de Vala Blanca. Blancos, de pico, con un tacón grueso y cómodo, de esos que te sostienen sin pedirte nada a cambio. Ese día confirmó una teoría que llevo tatuada: los zapatos son los compañeros más fieles de la vida. Están en los días comunes y también en los que lo cambian todo.
Ahora, cada vez que los veo, no puedo evitar sonreír. Porque no son solo unos zapatos blancos. Son los que caminaron conmigo hasta uno de los momentos más felices de mi vida.
Y si algo me enseñó todo esto, es que el amor —y la vida— casi nunca llegan cuando una los planea, ni con las uñas perfectas. Llegan cuando tienen que llegar. Una sola tiene que estar dispuesta a caminar hacia ellos.
Las quiero, Annie Vala
