La puerta que todavía no abro.
Ana Paula CorderoEL DIARIO DE ANNIE VALA
Les quiero contar algo que no le he contado a casi nadie. Después de tres años, por fin volví a acercarme a la casa de mi abuela. Tres años. Suena fácil dicho así, en una línea, pero ese camino se me hizo eterno.
Lo más extraño es que, cuando pensaba en ella, no solo sentía amor o tristeza. También sentía algo de enojo, y eso me llenaba de culpa. ¿Cómo iba a estar enojada con la mujer que más amé en esta vida? Me tomó tiempo entenderlo: la vida no me dejó despedirme. Y una se queda con eso atorado en el pecho, como una palabra que nunca alcanzó a salir.
Un día entendí que tenía dos caminos. Quedarme enojada para siempre, o creer que la vida tiene sus propios planes, y que muchas veces esos planes resultan mejores que los míos. Elegí el segundo. No siempre me sale, pero lo elijo todos los días.
Todavía no logro abrir esa puerta y entrar a su casa. No sé si algún día pueda. Pero aprendí algo que sí puedo hacer: cada vez que me pongo sus botas —esas botas café de piel que ya les conté que son mías y son mi fuerza—, en lugar de dejarme arrastrar por un mar de emociones, respiro hondo. Suspiro. Y pienso que la vida fue muy buena con ella. Que así tenían que ser las cosas.
Y entonces, al caminar con sus botas puestas, ya no siento el peso. Siento confianza. Es como si ella caminara un poquito conmigo.
Si hoy ustedes están enojadas con algo que no eligieron, con una despedida que no les tocó, con un plan que se rompió… quiero decirles algo desde el corazón: a veces no podemos abrir todas las puertas. Pero casi siempre podemos elegir cómo caminar. Y los zapatos correctos —los que cargan una historia— ayudan más de lo que una cree.
El próximo domingo les cuento de un par que me hizo sentir más viva que nunca. Pero esa es otra historia.
Las quiero, Annie Vala