Angustia.

Ana Paula Cordero

EL DIARIO DE ANNIE VALA 

 Les voy a confesar una contradicción.

Hace poco viajé a Miami y, como siempre, no sabía qué ponerme. Me llevé media maleta de tacones —de los míos, de Vala Blanca— y, al desempacar, me di cuenta de algo que me dio risa y vergüenza al mismo tiempo: había un par que nunca, nunca me había puesto. Angustia. El morado.

 Y entonces sentí, justo, angustia. ¿Cómo era posible que no hubiera estrenado mi propio zapato? Una diseña, sueña, cuida cada detalle… y luego lo deja esperando en la caja. Como esas cosas bonitas que guardamos “para una ocasión especial” que nunca llega.

Tienen que saber algo: Miami es la única ciudad donde he visto que las mujeres siguen amando los tacones altos. No los toleran: los aman. Y pensé: si no es aquí, ¿dónde? Si no es ahora, ¿cuándo?

Así que me los puse. Los combiné con un vestido largo al bies, en gris perla, de esos que parecen líquidos cuando caminas. La espalda descubierta, el pelo pegado hacia atrás, los labios desnudos y unos aros de oro como único brillo. Todo lo demás en silencio, en tonos neutros, para que el morado fuera lo único que hablara fuerte.

Me sentí más viva que nunca. Bailé en Space hasta las seis de la mañana con mis zapatos nuevos, sin sentarme una sola vez.

Y algo pasó esa noche: el morado, ese color que tanto había evitado, me hizo sentir segura. Poderosa. Como si por fin me hubiera dado permiso.

La moraleja me la dieron mis propios pies: no guarden lo hermoso para después. El “después” es un lugar que muchas veces no existe. Pónganse el vestido. Estrenen los tacones. Bailen hasta que salga el sol. Lo único que de verdad da angustia es no haberlo usado.

El próximo domingo les cuento de un vaso de leche, una mujer de 101 años y unos zapatos azules que casi no lo cuentan. No se lo van a querer perder.

 Las quiero,

Annie Vala.

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